"LA CIUDAD DE ADRIANO"
Los dioses han querido que mi viaje llegara a buen término y ya me encuentro a las puertas de Itálica. Confieso que la ciudad ha crecido y mejorado bastante desde mi última estancia en la misma. Antes de entrar en ella ya se anuncia que es un bien poblado lugar, a juzgar por la intensa actividad de gentes de todo tipo en sus aledaños.
Recorremos los últimos pasos acompañando el trazado del acueducto que lleva el agua hasta los depósitos (castellum aquae) que surten del preciado líquido a los ciudadanos que aquí moran.

Hemos entrado en Itálica por la parte donde se encuentra el famoso anfiteatro y atravesamos las bien dispuestas calles, que recuerdan los campamentos militares, de esta moderna ciudad, contrapuestas al abigarrado caos que en Roma sufrimos, de estrechas y retorcidas vías, por donde cada día resulta más difícil transitar.
En una de ellas encontramos trabajando a unos esclavos que han levantado el piso para proceder a desatascar una de las incontables conducciones (cloacas) que minan el subsuelo de la ciudad, por donde corre a diario todo aquello que sobra a los cuerpos de hombres y mujeres, y a fe que los manjares que transitan por esta Cloaca Maxima de Itálica han perdido mucho en su camino, pues el olor ofende las delicadas narices de cuantos pasamos a su lado.
Me recibe a la puerta de su casa Cayo, el que ha de ser mi anfitrión durante mi estancia en Itálica. Vive nuestro amigo en una casa de una sola planta, rodeada de un muro sin ventanas y cuya pintura debió pasar a mejor vida ya hace tiempo. El exterior, por ello, causa una deficiente impresión que cambia cuando pasamos a un luminoso interior.
Hay un vestíbulo
reducido que conduce a un patio cuadrado (atrium) cuyo centro, a cielo abierto (impluvium),
está ocupado por una especie de pila (compluvium) a la que va a parar el agua de
lluvia. En invierno la vivienda se ventila y solea a través de este patio. En
verano se tiende un toldo (velaria) que impide que el sol caliente el interior
de la vivienda. En torno a este patio discurre una galería a la que se abren las
puertas y ventanas de las distintas habitaciones. Enfrente de la entrada hay una
hornacina muy decorada (lararium) en la que se veneran los antepasados de los
dueños de la casa y, cerca de ella, una alacena asegurada con potentes candados
(arca) que guarda los objetos de valor y el dinero.
Del atrio sale un corto pasillo que conduce a un amplio patio trasero (peristylum) rodeado de columnas y ajardinado, cuyo centro lo ocupa una rumorosa fuente. En un rincón del mismo se deja ver una esclava que está haciendo la comida, pues no hay una estancia dedicada a este menester (cocina), aunque sí exista en algunas casas. Hay allí también un horno de pan abandonado, pues nuestro amigo prefiere comprarlo ya hecho en una de las panaderías de la ciudad.
Cayo me va mostrando las distintas estancias, como corresponde a un buen
anfitrión, tras ofrecerme el pan y la sal. La más noble de la casa es la sala de
estar (tablinium), el lugar del cabeza de familia. Luego el comedor (triclinium)
y el dormitorio (cubiculum). Como en la mayor parte de las casas de familia
acomodada, el suelo de las distintas estancias está decorado con pavimentos de
artísticos mosaicos y las paredes cubiertas de fastuosas pinturas al fresco y en
el techo hay bellos artesonados, oscurecidos por el humo de las lámparas de
aceite.
El mobiliario es escaso. Los imprescindibles divanes del comedor, las camas de los dormitorios y algunas mesas y sillas. La cama (lectus) es alta, con almohada, colchón, sábanas, mantas y colcha. Recuerdo ahora mi cama, cuando era un mísero esclavo, que no disponía siquiera de una manta.


Tiene Cayo alquiladas las habitaciones exteriores de su casa, incomunicadas con el resto de la vivienda, a un comerciante de cueros. Estas estancias (tabernae) sirven también de vivienda a un liberto querido por mi amigo que desempeña las funciones de médico.
Cayo me presenta a continuación a los esclavos de la casa, que pone a mi disposición. Hay un portero (ostiarius) que vigila la entrada, un camarero (cubicularius) que cuida y limpia las habitaciones, otros se ocupan del baño, de las ropas, de la comida... Raramente están ociosos.
Contrasta el lujo de la vivienda de nuestro amigo (domus) con las viviendas que
pude ver a la entrada de la ciudad, donde viven los más pobres. Son edificios de
hasta cuatro pisos (insulae) con muchas ventanas al exterior, cuyo alquiler es
bajo, pero están desprovistas de los más elementales servicios, por lo que los
habitantes de las mismas han de acudir a las letrinas públicas para hacer sus
necesidades más perentorias. Éstas fueron gratuitas hasta Vespasiano, al que se
le ocurrió gravarlas con un impuesto. Se cuenta que sus ministros consideraban
excesiva tal medida y que Vespasiano al recoger las primeras monedas se las
mostró diciéndoles: "No huelen, ¿verdad?", mientras esbozaba una imperial
sonrisa.
Me anuncia Cayo que mañana marcharemos a su segunda residencia en el campo, rodeada de campos de cultivo (villa rustica), en la que los esclavos se afanan en las labores agrícolas y donde nuestro amigo con su familia pasa gran parte del año.
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El agua usada se desalojaba mediante redes de cloacas construidas a lo largo de las calles, con bóveda de cañón y revestidas de ladrillo. Los registros de los cruces de las calles son de grandes ladrillos. Toda esta red de alcantarillas y colectores estaba sólidamente construida para soportar el peso de las calles. Por el colector central, hoy visible, puede andar un hombre erguido. |

