"BAJO LA PROTECCIÓN DE JUNO"
Muy de mañana hemos emprendido viaje hacia Cástulo con la finalidad de asistir, como ya os anticipaba en otro capítulo de este diario de mi viaje, a la boda del hijo de mi amado amigo Valerio. Pero no puedo ocultar que me interesa más la visita a esta plateada ciudad, de cuyo vientre se extrae la mayor parte del blanco mineral de que se nutren las arcas de nuestro imperio.
Y no
es que yo tenga nada contra la noble institución del matrimonio, ya lo dijo el
sabio: "El matrimonio es una fuente de desdichas. Más no por ello hay que dejar
de casarse, por civismo". Pero ocurre que mis ya largos días de vida hacen que
mis emociones se endurezcan y ya conozco por qué intrincados caminos se mueven
los supuestos amores de los desposados. A menudo se trata de cerrar algún
negocio, de ofrecer a algún noble maduro la descendencia que nunca tuvo o de mil
otros cambalaches. El matrimonio, hace tiempo, ha dejado de ser aquella bonita
costumbre de los jóvenes de unir dos ilusiones en un fin único.
Mas no hemos de extrañarnos, los romanos siempre tuvimos cierto recelo de la causa matrimonial. De hecho, en los antiguos tiempos, gran parte de la ciudadanía se emparejaba sin llegar a casarse. Tal fue el caso de los esclavos, a los que les estuvo vedada la sagrada institución hasta el siglo III, y los plebeyos, entre los que abundaban los hijos de padre desconocido o dudoso. Únicamente una de cada tres parejas se casaba formalmente, y solían ser los patricios los más proclives a ello, pues siempre ha sido de buena sociedad.
Hoy día, el matrimonio continúa siendo un acto estrictamente privado, una especie de contrato, por lo general, entre los padres de los novios, en algunos casos antes de nacer alguno de los cónyuges. Y dicho contrato no quedaba registrado en lugar alguno, si acaso las condiciones de la dote que había de aportar cada uno de ellos. Pero no penséis que no tenía ningún efecto por ello, puesto que los hijos habidos heredaban el nombre y la fortuna del padre.
La ceremonia a la que asistiremos es fastuosa, como hija de patricio que es la
novia e hijo de hombre pudiente el novio. Sin embargo, hay un matrimonio muy a
la moda de los nuevos tiempos, el usus, que consiste en que el matrimonio se da
por hecho tras la convivencia de los cónyuges durante un año, sin interrupción
de tres noches seguidas. Aunque lo más habitual es hacerlo mediante la
tradicional coemptio o venta simbólica de la novia ante un magistrado. Los
dioses han querido que al menos esta boda se celebre mediante la confarreatio,
ceremonia propia de la clase patricia, en la que los contrayentes compartirán
una torta de trigo, panis farreus, ante un sacerdote, y ello la hace más
ceremoniosa y llevadera para mi cansado corazón.
De camino hacia el templo, me cuenta mi amigo que hace tres días envió a la casa de Lucia, la novia, a su esposa para que certificara la virginidad de la muchacha. Como ello fuera así, tras consultar los augurios, que fueron favorables, gracias a Juno, se fijó la boda para hoy, día fasto y de Junio.
Pobre niña, con tan sólo catorce años de edad, el día de ayer hubo de consagrar sus juguetes a Diana y, tras ello, se colocó el vestido nupcial, una sencilla túnica hasta los pies, ceñida con el nudo de Hércules, especial para las bodas, y que sólo puede hacer una matrona experta, generalmente casada una sola vez, la pronuba. Asimismo, va tocada con una cofia color azafrán con un velo a juego.

De vuelta del templo, donde se ha celebrado la ceremonia religiosa, nos dirigimos hacia la casa de la novia en la que ha de tener lugar la ceremonia festiva y familiar. Se encuentra la casa adornada con guirnaldas y flores de diversos tipos y los esclavos van de un lugar a otro preparando las viandas y cuchicheando de los novios. La novia ya se encuentra en el interior y todos los invitados nos agolpamos a las puertas, en espera de la llegada del novio que, en verdad, se ha puesto sus mejores galas, con una elegante túnica hasta los pies (tunica talaris). A su llegada entramos todos acompañándolo hasta la mejor habitación de la casa donde se han preparado los documentos para la firma del contrato de la dote. Cumplido este trámite, la pronuba junta las manos de los novios y la boda se da por terminada. Tras ello, se suceden los consabidos parabienes, los besos, las lágrimas, las risas y, lo que ya me fiaba largo, el copioso banquete (cena nuptialis).
Como ya hemos dado cuenta de la jugosa comida, y ante el temor de mis fatigadas rodillas, nos dirigimos todos los invitados en procesión (deductio) a llevar a la novia a su nuevo hogar. Ella, acompañada por unas esclavas, lleva por equipaje un huso y una rueca, símbolos de su nuevo estado. Por el camino, el novio finge un rapto. Arranca la novia de los brazos de su madre, que llora y grita porque le roban a su hija. Es una curiosa costumbre que recuerda un lejano episodio de la historia romana, el rapto de las sabinas. Las amigas casaderas de Lucia y las solteras del lugar se disputan entonces trozos de la antorcha nupcial (spina alba) que precede el cortejo. Y todos los acompañantes, un poco bebidos ya, vamos cantando a los novios bromas de dudoso gusto y bastante picantes por cierto.
No sé cómo, pero mis pies han podido llegar hasta la nueva casa de la pareja. Allí el novio toma a la novia en brazos y espera a que ella le diga: "ubi tu Gaius ego Gaia", lo que me hace aflorar las lágrimas. Tras ello, traspasan el umbral de la casa.
El novio le ofrece el agua y el fuego, símbolos del hogar, y la pronuba introduce a la muchacha en la alcoba nupcial. Así, todos felices, dejamos a la nueva pareja, y nos retiramos delicadamente, unos a proseguir las generosas libaciones y otros, como yo, a descansar los años en una buena cama.
De vuelta a casa del padre de la novia, los humos del vino me han hecho pensar, creo que no me sientan bien ya los excesos, por cuánto tiempo los novios seguirán casados. Puede extrañaros, pero hoy día es tan frecuente el divorcio que he pensado muchas veces si no sería mejor no llegar nunca a la boda, ya que es tan informal como lo es el matrimonio. Basta con que el marido diga a su mujer un buen día: "Recoge tus cosas", para que ella recupere la dote y se rompa el vínculo. Incluso la propia mujer puede aprovechar la ausencia del marido, en viaje de negocios, para divorciarse de él y volver a casarse. Se cuenta en broma que hay mujeres que pueden contar los maridos por consulados.
En fin, amigos, ha sido una agotadora jornada de la que tal vez no esté del todo recuperado, pensando en el viaje de vuelta a Roma que emprenderé a mediodía de mañana y del que tendréis noticias seguras en cuanto los incomodos del camino me lo permitan.
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Cástulo fue la cabeza y el centro político y económico de la Oretania cuyos habitantes eran tribus iberas de época, ambiente cultura e idioma tartésico y que, juntamente con los carpetanos y vetones ocupaban la parte sur de la Meseta Central. La Oretania comprendía las hoy provincias de Ciudad Real y Jaén y alguna parte de la actual Córdoba. La arqueología documenta el contacto de Cástulo con los colonos griegos y fenicios cuya finalidad de penetración fue mantener un comercio activo con los indígenas, dueños de la plata tartésica de la región. Los púnicos sintieron aprecio por la Oretania y muy singularmente por Cástulo, cuyas minas, las más ricas en galena argentífera, constituyeron la fuente principal del imperio de los Bárquidas (Amílcar, Asdrúbal y Aníbal), hasta el punto de que la financiación de la segunda guerra púnica lo fue a costa de la producción de plata de las minas castulonenses. Ante la amenaza que representaba Aníbal para Roma, el Senado decretó la intervención en España y el 218 a.C. desembarcó en Ampurias un ejército al mando de Cneo Cornelio Escipión. En su avance hacia el sur, la lucha entre romanos y cartagineses queda concentrada en la región de Cástulo e Iliturgi que abandonan a los cartagineses y pasan al bando romano, acción que poco después se repetirá al contrario, causando esa defección la muerte de los dos Escipiones por lo que más tarde su sobrino Publio Cornelio Escipión ordena la represalia de las mismas y es así como Cástulo entra definitivamente en la órbita de Roma que pudo disponer de su riquísima zona minera. |
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Ius connubii: "derecho a contraer matrimonio". Sólo podían contraer matrimonio legal los ciudadanos romanos libres. Los extranjeros y los esclavos estaban excluidos. Impedían el completo matrimonio:
Por razón de cargo estaban prohibidos ciertos matrimonios. Los senadores no podían casarse con libertas ni mujeres de cierta condición, considerada entonces infame (artistas de teatro, por ejemplo). Si los contrayentes estaban sujetos a la autoridad del paterfamilias, éste había de dar su consentimiento. La edad mínima requerida para casarse era de 14 años para el varón y de 12 para la mujer. |

