La Inscripción de Duenos, datada del siglo VI a.C., muestra la forma más antigua conocida del alfabeto latino arcaico.

 

 

Para saber más
Evolución
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Carlos Cabanillas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Versión

Codicilus v1.0

EL ALFABETO LATINO

    El alfabeto latino tiene su origen en el alfabeto griego de Calcidia que los etruscos, pueblo que dominó política y culturalmente a Roma en sus primeros tiempos, introdujeron en el Lacio.

    Consta de los siguientes signos:

a, b, c, d, e, f, g, h, i, k, l, m, n, o, p, qu, r, s, t, u (v), x

    La y y la z fueron añadidas en época tardía para poder transcribir palabras tomadas del griego.

    Si se compara este alfabeto con el español se observa que éste posee cinco letras más que aquél: ch, j, ll, ñ y v. Veamos a qué son debidas estas diferencias:

  1. La grafía ch representa para los latinos el mismo sonido que c y k. Las tres se pronuncian como nuestra k, incluso ante e, i: [coniux=kóniux, ancillae=ankíllae].

  2. La grafía ch se utiliza en latín junto con th y ph para representar los sonidos aspirados griegos. En la primera grafía la h no suena [Corinthus=Coríntus] y ph suena como f [philosophus=filósofus]. En la grafía rh, la h tampoco suena [rhetor=rétor].

  3. En cuanto a las consonantes v y j, en latín no existen como tales. La v se utiliza como signo convencional para señalar la u cuando es consonante. En latín u, i son lo que denominamos semiconsonantes o semivocales, es decir, son sonidos que pueden funcionar dentro de una sílaba, bien como vocal o bien como consonante.

  4. Por lo que respecta a la ausencia de la ñ, se debe a que es un sonido de creación romance, procedente de la evolución del grupo consonántico latino gn. De hecho en el francés actual se mantiene esta grafía gn y se pronuncia de modo muy parecido a nuestra ñ.

  5. También observábamos al principio la ausencia de ll. Este sonido no existe en latín. No obstante aparece su grafía, pero lo que representa en realidad no es nuestro sonido, sino lo que se llama una consonante geminada. Existen otras geminadas en latín (ss, mm, nn, tt...). Geminada significa originariamente  "doble", pero en la actualidad se ha demostrado que no es así: cuando pronunciamos una consonante cualquiera, ponemos en una determinada posición los órganos fonadores y los mantenemos así en tensión un intervalo más o menos largo, pues bien, cuando este intervalo de tensión es más largo de lo normal, pronunciamos una geminada [ancilla=ankil-la].

  6. En cuanto a la h, en interior de palabra era muda en la época clásica, aunque en la época medieval adquirió un tinte de aspiración, como se refleja en grafías como michi, nichi, en lugar de mihi y nihi. En posición inicial en los tiempos de la república era también muda, aunque primitivamente se la pronuciaba con una ligera aspiración. En la época clásica se restableció la aspiración de la h. Se consideraba signo de incultura dejar de pronunciarla o aspirar indebidamente palabras que no tenían h inicial.

  7. También resulta diferente la pronunciación de la g respecto al español. Nosotros la pronunciamos como j ante las vocales e/i y para que suene como en ga, go, gu, es necesario anteponer una u: ga, gue, gui, go, gu. Esta última es la pronunciación que siempre se da en latín, aunque no aparezca la u intercalada ante las vocales e/i. La g latina nunca se pronuncia como j.

  8. Existe una razón por la que la z ocupa el último lugar en el alfabeto latino y, por tanto, también en el nuestro, que deriva de aquél. Según nos informa Velius Longus, gramático latino, en los períodos más arcaicos del latín existía una s sonora intervocálica. Se cree que utilizaron para representarla la "dseta" griega: Z. Después, cuando desapareción la s sonora, también desapareció la Z, por iniciativa de Apio Claudio, en el siglo IV a. de C. Más tarde, al aumentar la influencia griega, surge el deseo de reproducir fielmente los sonidos griegos, por lo que se introdujo nuevamente la Z en el alfabeto latino, pero en lugar de ocupar su primitivo puesto, entre la f y la h, se colocó en el último lugar del alfabeto (siglo I a. de C.). La z suena como ds.